Hoy llueve en Madrid. Al salir de casa, mi cabeza me ha llevado hasta Navarra, en aquellas mañanas de frío y lluvia fina, prácticamente indistinguible con la niebla, tapando el Perdón bajo un manto gris. Avenida América- O’donell por el subterraneo, al salir a superficie, he olvidado aquella lluvia fina al observar la chimenea de una fábrica. El humo era lluvia y la lluvia era humo. No hay más hasta las 9:30 cuando he salido de un edificio de ladrillo rojo, encogida en mi primer abrigo madrileño. Subo hasta goya casi sin darme cuenta, y paro a tomar un café. Embotada en el pensamiento que llevo rumiando desde las 9:30. No me he dado cuenta de que alguien me observaba desde el otro lado de la terraza. Un mendigo con su primer abrigo madrileño, me temo. Busco en mis bolsillos alguna moneda que bajando al metro no encuentro. De nuevo el subterráneo. Una especie de viaje místico si no estás acostumbrada a usar este transporte. Siempre miro a la gente, nunca miro el móvil. Tengo miedo de pertenecer a ese tipo de gente que puebla nuestro planeta y tanto temor me produce. A veces alguien se me queda mirando fijamente y entonces bajo la mirada y busco ayuda en mis zapatos. Tengo las botas rotas, pero no entra el agua. Aunque tenga la cabeza inundada de emociones y miedos. Y salgo una parada antes para caminar bajo la lluvia, como en aquella serie de noches de instituto en el sofá de casa. Camino de un lado al otro con los cascos puestos, y no decido subir a casa hasta pasados 45 minutos. No sé por qué, pero quizá tenía que dejar este agua estanca de mi cabeza en la calle. En un día gris como hoy, la gente gris se camufla. Y creo que mi tez es rosa pero mi cabeza esta gris. Hoy he soltado lastre y he dejado atrás parte de ese tono. Hace frío y la ventana del salón no acaba de cerrar, así que voy a acabar este texto en la cama, antes de volver a coger el coche.

