Aquí sigo, para los que se lo pregunten. He vuelto, aunque nunca me haya ido. La verdad, nada ha cambiado. Desde la última vez, en el centro de Pamplona. Escribiendo colgada de un quinto. Ahora, solo estoy veinte minutos más abajo, y dos pisos por encima.
La casa no es tan silenciosa, entre el traqueteo del bolígrafo y la música. Y los coches. Y ellas.
Casi como siempre, ¿no?. «Volar…volar.» y Extremoduro al fondo.
¿El té? Sí, sigue en la cocina. Con un cenicero de colillas al lado, esperando que algo interesante ocurra en la calle, para precipitarse en un arrebato de vagancia.
Huele a incienso por toda la casa, y la revolución ha invadido nuestro salón. A principios de junio, y sin avisar.
He vuelto. No me he ido. Creo que me quedo, os lo iré relatando.
