Hasta el ingenio está de oferta. Un cartel rojo lo señala y todos quieren coger su parte. Este ingenio del que hablo, se mantiene estático en una estantería. Es una fotografía de alguna realidad ajena a la propia.
Lo cogen, y casi pueden hacerlo explotar en sus manos. A un roce de dedo. Todos escribimos bien, de repente. Tras un desamor. [Muy desamor, mucho desamor (como en la política.). Porque es así de doloroso, o eso pone en la tabla nutricional del ingenio. Y nos dedicamos a saborearlo, de una manera extraña. Como cuando comes un chicle de fresa e intentas buscarle un símil a esa goma azucarada de tu boca.
La vida se ha vuelto oscura, de repente. Y hasta fuman como en los 80. Un par de lecturas obligadas y mucha música. A modo de banda sonora.
Pero ante todo, hemos de contarlo. Para mantenerlo. Para contarlo. Y mantenerlo. Quizá ese desamor que existe en tu cabeza (y en la de algunos más) pase a formar parte de otra nueva corriente poética del siglo XXI.
Y el desamor, está de moda, de repente. No sabemos amar más].
Ingenio dulce tesoro. ¿Dónde se ha quedado la curiosidad? “fumandose la vida”. Yo creo que desesperada, intentando darle una explicación a este fenómeno social en el que regodeamos todos los días. Esto es la pérdida total y absoluta de pudor en cualquier situación vital. Han puesto al ingenio de oferta. Y a la curiosidad pidiendo en la puerta. La era de lo antinatural.
Necesitamos más palabras inteligentes, y menos listas. Alguien se puede pasar de listo, pero no de inteligente.
