A veces, tengo la sensación de que la vida se me va. Coge un tren con rumbo equivocado, arrancando el Golf en dirección opuesta. Con resignación y avanzando un día más hacia lo que tengo que hacer, porque lo tengo que hacer. Un cortado en el Mak y un vaso de agua con hielos. Lola a mi lado y mi bolsillo a cero. Cuando cojo mi móvil me siento fuera de lugar, aunque entre en la aplicación de notas. El viernes pensé en comprarme un cuaderno. Otro más para la colección de cuadernos inacabados, cortesía de Adriana M.
Al Mak ha llegado la encargada del supermercado de enfrente. Alberto no va a poder fumarse el cigarro conmigo y hace chasquear la máquina de café una vez más. Un cigarro más y cinco minutos menos. Me marcho calle abajo pensando en qué hacer mañana. Porque siempre lo pienso mil veces hasta escoger la opción que, probablemente no quería. O quiero hoy y mañana ya no querré. Yo soy así. Ayer arriba con orgullo y hoy abajo. Creo que Lola también lo nota. Así que nos vamos a casa, a hacer nada. Miramos el cielo azul y las persianas de enfrente desde el cuarto, a través del trozo de brezo que Lola ha destrozado en la terraza.
Me siento jóven e independiente. El ideal de una generación perdida. Sin ayuda ni ataduras para seguir avanzando. Con una vida intrépida en un radio de no más de treinta kilómetros. Adoptando un rol servicial para esta sociedad que se cae a pedazos por un barranco lleno de piedras.
Creo que me voy a pillar el billete de vuelta mañana mismo. Estar tanto tiempo conmigo misma me hace pensar demasiado. Y querer salir corriendo.

