Perfume de opio, y la habitación tan recogida. Me resulta algo sobrecogedor. Estar en casa, ese es el sentimiento. Olvidar todo y estar en casa. Dejarse caer después de una buena cena en el colchón con la forma de hace años, cuando no estaba tan delgada ni tan gorda, manchando las sábanas con maquillaje igual que hoy.
Hay velas que aún tienen mecha,a pesar de que aquí nunca dejaron de alumbrar. Son rosas, las dos velas de mi habitación son rosas. Falta el quemador de incienso y alguna foto. También faltan mis cosas de uso rutinario como la agenda que nunca uso por incómoda.
Aquí solo quedan mis cosas de uso necesario. Auténticos tesoros que a la vista del mundo no son mas que un amasijo de corazones ficticios. Sin valor económico, desde luego. Papeles, trozos de mi paso por la vida durante veinticuatro años. Recuerdos de algún hotel o cafetería, en alguna parte de mundo. Pulseras de color tarde de verano. Y los libros que volvería a leer una y mil veces, Marina, mi libro. Siempre mi libro.
Me gusta estar dentro porque se está más frío que fuera. Días de soledad y música.
Ahora noches rápidas y despedidas a la luna que brilla en la pared.
De mi habitación.
