Revisando mi vida desde que este blog murió hasta hoy, he encontrado millones de papeles. Cuadriculas arrancadas, papel de flores mal recortado, textos diluidos por el agua de una piscina y un sin fin de libretas escritas de forma muy aleatoria. Nunca dejé de escribir, pero si que dejé de exponerlo. No soy escritora y no pretendo serlo, pero realmente me gusta escribir. 
Atrás han quedado muchas cosas aparcadas en la nave de los por si acaso, como esa caja de madera tallada, que algunos ya saben lo que contenía en su interior. Realmente no fue de mucha ayuda en estos últimos años de mareas contradictorias. Que ni se movían al compás de los ciclos lunares ni acababan de estar en calma un solo momento.
Nunca dejé de escribir aquello que me abrumaba, toda la bola de sentimientos que pasaban por mi subconsciente de manera demasiado consciente. Con mala letra, y buena tinta, siempre difuminada por culpa de mi zurdera. Aprendí a dominar el arte de la vagancia existencial, limitándome a la ley del mínimo esfuerzo en cuanto a curiosidad se refiere. Ya volverá. En una ocasión durante todos estos años, restauré una antigua máquina de escribir, Erika. Erika me devolvió la esencia de todo esto, el sonido de sus teclas fue mucho más reconfortante de lo que nunca pude imaginar. Pero un día la casa se quedó pequeña y volvió a un desván. Pero ya no era blanca, ahora era azul. Mi color preferido. Sé que algún día volverá por aquí a coronar la mesa junto a tanto papel.
He aprendido en este transcurso que el tiempo te enseña a aceptar el frío sentimiento de crecer. Algo inherente al ser humano, y muy crudo para nuestro tiempo. Nacimos en el mundo de nunca jamás, pero jamás nadie nos lo dijo. Y el nunca, nunca fue una respuesta moralmente aceptada. 
Nada es tan fácil como parece, y por eso,
 nunca dejé de escribir. 
 
The girl who played with tears

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