En la vida, hay ciertas acciones que generan temor. El temor viene del propio auto concepto, de la falta de conocimiento interior. Normalmente se generan a partir del pensamiento futuro, del yo próximo que no sabe muy bien que hará respecto a una determinada situación no vivida. O vivida y mal ejecutada. El temor es el alimento de las ganas. Sin ganas, no hay acción posible, y por tanto ,no hay miedo. No existe la opción de equivocarse.
Aquellas situaciones que inspiran ,temor y ganas al mismo tiempo, en nuestro ser, serán aquellas que nos conduzcan al éxito. La gente que teme prevee. Sufre por adelantado la caída en la escalada. Y sienten la punzada de la vergüenza en la sien. También experimentan un subidón de adrenalina, como el que intenta levantarse pronto de una caída en la calle, muerto de vergüenza y chutado de adrenalina, para levantar cuanto antes y continuar su camino sin que su entorno se altere demasiado.
El temor es ese niño que llevamos dentro y le pide a su madre que deje la luz encendida. A veces tenemos tanto miedo metidos en nuestra cama, que nos levantamos en plena noche ignorando al hombre del saco. El de verdad. El que se mete de pleno en tu cabeza y se empeña en echar por tierra todas tus bucólicas ilusiones de humano empedernido. Mostrando ante tus ojos una orgia diabolica que se burla descaradamente de tus preciosas ideas. Dejándote acurrucado en el sofá tragando las últimas luces de la tele, minutos antes del hilo musical.
Y mientras tanto el camión de la basura, los gatos y esa planta tropical que asoma por la ventana, recordándome rencorosa, que una vez la metí dentro del salón por tres dias y casi se muere ahí mismo. Pero que oye, mira que bonita está ahora que ha recuperado su sitio en la terraza. Y sin temor de volver al salón.
Y mientras tanto el temor, que se marcha de madrugada con el sonido del despertador, recordándome que, en cualquier caso, solo es pasajero.
