Era primavera en 1997, no quiero decir que no hubiese otras primaveras, pero esta es la primera que alcanzo a recordar.
Viajaba en el Nissan primera rojo de mis padres. Para mi era el coche más flamante de la historia de los coches, y le tenía un especial cariño, podía reconocerlo por su olor y me hacía sentir en casa. En mi lado del asiento disponía de un portacds repleto de discos que ponían la banda sonora a todos nuestros viajes familiares. Por aquel entonces apenas tenía cuatro años, viajaba en un alzador forrado de tela vaquera y las piernas me quedaban aún a un buen trecho del suelo. Mi madre siempre disponía de agua fresca y a mi me encantaba pedirle por el hueco de los asientos, observarla entornar los ojos en su bolso, emanando ese olor dulce, como un helado que tanto me gustaba.
Los viajes me parecían eternos, y aquel viaje a Asturias entre cabezadas y emoción, no fue distinto.
Recuerdo que mis tíos también viajaban con nosotros. Roberto, Yoli, Quique y Elena. Era divertido pulular por los pueblos en grupo, escuchando las voces y carcajadas burlonas de mi padre y mis tíos rondando a un par de metros del núcleo duro familiar. Mi madre y mis tías, seres no muy altos, pero enormemente fuertes, enérgicas. Seres cuanto menos, curiosos.
Con mi corta edad, ya sabía desenvolverme a la perfección en aquel vaivén de gente, me gustaba observarles desde la inocencia característica de la edad y ocupar el papel protagonista junto con el pequeño Alex, que viajaba siempre dormido en un carro para bebés, cabeceando de vez en cuando para encontrar una postura aún más cómoda.
En el paseo de Ribadesella, después de una tarde lluviosa, y creo que después de varias botellas de sidra, mi padre decidió sacar la réflex y comenzó a inmortalizar la estampa familiar. Elena, Yoli y Piluca divertidas, con su mirada penetrante avanzando seguras frente a las obras de Mingote. Roberto y Quique haciendo uso de su inquietante humor. Amén, porque no llegaron a quitarse los pantalones como en ocasiones anteriores, en las que por suerte o desgracia, mi padre también lo había inmortalizado.Todos reían y sus mofletes colorados subían y bajaban por sus caras.
Mis ojos no quitaban la vista de las paredes de piedra, la ría desembocando al mar, las baldosas grises que cubrían el cielo y los bancos apostados a los laterales del paseo. Subir y bajar, ir, venir…Me senté en un banco, y el foco de la réflex apuntaba a mi pequeña persona. Sonreí, me estire, hice palpable mi cansancio, y entonces, mi padre me pidió que saludara. Creo que el primer rasgo de mi personalidad salió a la luz. Espatarrada en un banco de piedra y enfundada en un chubasquero amarillo, harta de paseos vespertinos, le saque el dedo a mi padre. Y por supuesto, quedó inmortalizado.
