Es curioso cómo la mente humana, con su reducido aprovechamiento funcional, es capaz de convertir pensamientos en sueños basados en nuestra propia paranoia. El pensamiento caracterizado por la falta de realismo práctico nos pone a prueba. Aquello que pudo ocurrir y nunca ocurrió, o ni si quiera debía ocurrir, ni ocurrió, y probablemente no ocurrirá, aunque la traición propia nos hace creer que si, que aunque no fue, puede ser. La paranoia. Nuestros peores demonios salen a pasear por nuestros sueños una vez cerradas las persianas de la retina, atacan nuestro ser y sacan lo peor del penúltimo pensamiento antes de dormir. Rebuscan en nuestra memoria de una manera inconcebible para la razón humana. Recuerdos enterrados en lo más profundo del hipocampo salen a bailar como en el cementerio de Mecano. Y no suelen ser tan alegres, más bien conforman una realidad paralela que nos hace dudar con el primer tirón de correa. Los demonios personales son especialmente jodidos, ojalá nunca los creásemos en la realidad. Conforman una especie de doble yo que nada tiene que ver con la realidad experimentada, nos dejan a la vista sucesos e historias que jamas ocurrieron como son contadas, casi de la misma forma que un medio de comunicación. Pero sin guionistas que modifiquen improperios para no generar pavor entre la sociedad. Los sueños son la peor parte del yo experimentada desde el plano de un espectador que se mete mucho en el argumento, identificado con sus personajes y asintiéndole a la pantalla con ojos de alivio. Lo que imaginé se ha hecho real, os lo dije. Los demonios de los sueños no son más que la realidad de nuestra querencia porque algo salga mal. Creo en el concepto de atraer lo que piensas, y qué horrible e inútil sensación la de no poder apartar de la mente la peor de las opciones en un escenario casi real. Los sueños y sus demonios son la más macabra demostración de que los humanos somos seres indefensos ante nuestro propio destino.

Prefiero las pesadillas, en las que se percibe el yo como el pobre desgraciado que no ha hecho otra cosa que existir, pecar y remediar, como el resto de los humanos, esperando un destino certero marcado por la conciencia inconsciente de valores preconcebidos. En las pesadillas queda claro que todo lo que pueda ir mal, lo hará. Solo ante el peligro puedes sentarte a observar tus propias penas corretear felices en un escenario imaginario aunque, algunas veces, aparece un ángel redentor para aliviar de golpe todo el malestar dándonos la opción de despertar en un último grito ahogado en nuestra mente.

Los sueños son un arma de doble filo, lobos disfrazados de corderos. Pero a las pesadillas, las ves venir desde lejos.

 

The girl who played with tears

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