¿Por qué escribo? Justo me lo pregunté el otro día en el autobús número nueve que llega hasta la puerta de Alcalá. Mientras desenredaba mis cascos, maldiciendo bajito no adaptarme a los inalámbricos, un par de personas subieron tras de mi al autobús. Oteé, ya con los cascos en su lugar, y pude observar un hueco libre al fondo del autobús. Me decidí a sentarme, y las personas que venían tras de mí, ocuparon lugares aledaños. Encendí mi pantalla y puse a rodar el carrusel de canciones diseñadas especialmente para cada momento. En este caso, música para el autobús. Suena Malos Pensamientos, de la Fuga. Vuelvo a bloquear la pantalla, y me rindo a observar la realidad a ritmo de batería. Una mujer con un carrito y unos zapatos de charol color cereza se agarra firme a la barra delantera de su asiento. Cómo si ese viaje fuese una especie de montaña rusa en su camino rutinario a la huevería de la Calle Cartagena. No es la primera vez que la veo. Un chaval imberbe adopta una postura similar a la del buitre, y se zambulle en los scroll que genera su pulgar. La mujer de los zapatos de charol le observa con una mirada entre la decepción y las ganas de freírle un par de huevos al muchacho. El conductor debe ser nuevo en la línea. Hace días que no sube Paco, el conductor estrella de la 9. Siempre me pongo en lo peor, pero quizá simplemente haya cogido unas vacaciones.

La envidia rige el corazón, el poderoso engorda en su sillón… la música sigue sonando, y creo que las personas que se han sentado a mi lado se están besando acaloradamente. Por el rabillo del ojo alcanzo a ver como el pelo caoba de él, se escapa entre los dedos de ella, repletos de tatuajes y aferrándose a él de una forma tan apasionada para ser un martes a las once de la mañana que hasta el muchacho hace caso omiso a su pantalla. Los mira intrigado por esa anatomía del beso capaz de hacer arder hasta los más puros interiores. También a los mas experimentados, como la señora de los zapatos de charol que le ha llegado el momento de bajarse justo en la parte en la que él, mete su mano en el pantalón de ella, dejando entrever las intenciones de su próxima parada. O a mi misma, que empezando a escuchar Mantieni Il Bacio, el ritmo romántico de la canción me parece idóneo ante esta estampa. Saco de mi bolso la libreta de tapas marrones que esconde alguna de las escenas cotidianas que me hacen despertar de la rutina, y pienso en describir la situación con emoción. Empuño entonces la pluma que me regaló mi padre para comenzar a redactar con premura y atención cada detalle de la situación. Para después llegar a casa, y volverlo a leer. Una y otra vez. Quitar palabras y poner otras en su lugar. Volver a borrarlas, y reescribir. Ponerlo bonito, y hacer de cada momento una historia digna de contar, como si de un best seller se tratara. Como si la vida fuese un inmenso cine con estreno de cartelera cada día.

Por eso escribo.

The girl who played with tears

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