Desde la ventana magullada de este cuarto piso, puedo ver el avance casi automático de personas trajeadas y elegantes. Ajenas y despreocupadas del paso del tiempo, y aún más, del placer de la lectura. Alardean de su ignorancia por un día más sobre esta miserable tierra. Soy consciente de que cada vez que cae en mis manos un nuevo libro se me resta, por decreto ley, al menos una semana de vida. Así murió Mamá, ahogada en las paginas de Cien Años de Soledad, en su vigésimo cuarta visita a la familia Buendía. Mamá prefirió el olor a tinta y papel frente a la doctrina de la ignorancia que habían instaurado en este mundo. Las hogueras de la Plaza le recordaban a las imágenes medievales relacionadas con la Inquisición. Mamá lloraba de furia y corría a salvar los libros que cabían entre sus brazos mientras yo intentaba que no lo hiciese. Sabía lo que cada libro supondría en nuestras vidas.
Empecé a acompañarla el día en que se abrasó el antebrazo izquierdo con un tomo de Rimas y Leyendas de Bécquer a punto de caer al fuego. Cuando apareció por la puerta, una enorme ampolla había devorado parte de su mano y muñeca. No sé si le dolía o no, su respiración entrecortada y la desesperación de salvar aquellos viejos tomos nublaban sus emociones, pero vi el miedo en sus ojos. Por primera vez supe que tenía miedo a morir. Desde entonces no falte un solo día a nuestra cita humanitaria con aquellos libros que la gente sacaba de sus casas aferrados a la promesa errante de un próspera y larga vida de adoctrinamiento. Nuestra casa se convirtió en el refugio de aquellos libros que conseguíamos salvar de las llamas. A pesar de saber que ella disponía de menos tiempo que yo, nunca desistí en su lucha. Ella había leído millones de libros y sabía que nunca pararía. Entre lamentos y algún destello de felicidad, decía que sin sus libros no se la llevaría el tiempo, si no la pena.
No se cuanto tiempo me queda en esta tierra, y ni siquiera sé si sobreviviré a este último libro. Mamá no permitiría que dejase de leer. El mundo es un lugar triste sin los libros, y la utilidad de la población humana tiene los días contados. Inmerso en este taco de papel prensado pasan las horas. Un mundo paralelo se expande con cada párrafo. Me gustaría poder viajar a través de él, para esconderme de este caos en el Cementerio de los Libros Olvidados, y junto a Mamá, leer todos los libros que rescatamos juntos.

